Santa degeneración

Les recomiendo se lean el siguiente artículo pues aparte de ameno es instructivo;

La degeneración industrial (The Oil Crash).

Una vez leído, surge una pregunta, ¿la clave del progreso, prosperidad y quizás felicidad, se encuentra entonces en conseguir aportar a la sociedad aquellas cosas que se comentan en el último párrafo?.

Les dejo con Thomas Sowell

“Ultimately it is only wealth that can reduce poverty”
(En último término solo la riqueza puede reducir la pobreza)

 Feliz semana “santa”.

La senda del infierno

Fuente: Acratas

Desde hace años vengo insistiendo, empujando como recluta en chocho de puta, en la necesidad imperiosa de conquistar la verdadera democracia. Y pensáis, como los borregos obedientes en que os habéis convertido, felices como submarinos en el agua, que lo que predico es un lujo aristocrático, un delirio filosófico, el innecesario capricho de la mente senil de un pichafloja. Pues lamento daros esta mala noticia: de lo que se trata, con la recuperación de la democracia, es de luchar simplemente por la supervivencia. Os voy a contar lo que nos depara inexorablemente el futuro, sin un control político y económico del poder omnímodo de los pastores por parte de sus ovejas, el sobrevalorado Pueblo Soberano; más allá de toda sospecha de bolacristalismo, os diré que la que nos va a caer encima es como lluvia de chuzos,  si no controlamos a todos esos hijos de furcia que venden esta decadente piel de toro a la Banca de la Sinagoga y a las transnacionales, con nuestras prepuciales bufandas incluídas en el lote. El futuro se resume en un exterminio de una buena parte de nosotros a manos de los amos del mundo, sólo para garantizarse ellos mismos la buena vida. Así que dejad de haceros el soldado desconocido, y sed unos nervios ópticos.

Si hay algo claro como consomé de asilo, en este mundo económico global, es la Teoría de Olduvai, esclafada por el ingeniero Richard Duncan, que establece la dependencia entre el crecimiento poblacional del mundo y su consumo de energía. Por si no os habíais molestando en averiguarlo, en el planeta Tierra, la población ha crecido al compás de la producción de energía, especialmente, en la de los hidrocarburos, el petróleo. Así de obvio es el asunto, más fácil de entender que el mecanismo de un abrelatas: Mientras la produción mantuvo un crecimiento exponencial, lo hizo también exponencialmente la población. El crecimiento exponencial de la producción mundial de energía acabó en 1970, punto de máximo índice de fertilidad(1)occidental, o baby-boom. Hace poco se alcanzó, tal y como os he contado hace pocos días, el peak-oil, o máximo de producción diaria de barriles de crudo; y simultáneamente, como por ensalmo, Occidente se desvive por alcanzar el equilibrio poblacional con una drástica reducción de la natalidad, que parece que nuestras hembras tengan el chocho de yeso. No ha sucedido lo mismo en África, Asia, Oriente Medio, en el mundo musulmán en especial, porque el Islam no sabe de proporciones y ecuaciones estadísticas, empeñado en ganar la guerra de civilizaciones no mediante la productividad de sus factorías, sus rebaños o sus campos, sino a través de la de los úteros de sus mujeres; y, claro, inversamente proporcional al aumento de población, el mundo islámico ha reducido su nivel de vida hasta cotas tribales, de básica y elemental supervivencia. Una vez alcanzado el peak-oil, y eso sucedió exactamente en 2007 —¿y qué otra cosa pasó ese mismo año?(2)—, la producción energética mundial empezó a decrecer de manera paulatina e inexorable como polla de recién follado. Y el factor “e”, energía per cápita, cociente entre energía y población, cae ya estrepitosamente. Esa ley empírica parece —porque lo es, qué cojones— irrefutable.

Algunos autores hablan de un inminente retroceso medieval en la civilización, con hambrunas de perro de afilador debidas a la carestía del transporte de alimentos. Y no les falta razón. Pero adolecen todos, para llegar a ajustar predicciones, de un exceso de mentalidad uniformadora que no les deja ver la realidad, así que no pueden adivinar lo que de una manera ineluctable va a suceder —está sucediendo ya ahora mismo—. Porque tal linealidad entre producción energética y población no es la misma para todos los países del mundo, evidentemente: Así, el consumo en barriles de petróleo per cápita de EEUU es de 60, mientras que el resto del mundo es 10 (y el promedio del mundo es casi ese mismo 10, porque los americanos son sólo 310 millones de privilegiados y la población mundial es de 6.800 millones de personas). Y la Garganta de Olduvai está ahí, contemplándonos, manifiesta como rebosante regla adolescente sobre braga blanca. Y también están ahí las consecuencias letales para los humanos.

Y voy deciros por qué ese desequilibrio en el consumo será letal: Porque EEUU, que disipa el 25% de la energía total del planeta, es una potencia militar imbatible que posee armamento nuclear para arrasar el mundo entero decenas de veces, sin dejar ni una amapola, ni una cucaracha, ni dos piedras una sobre otra. Y, con ese potencial, los yanquis serán los últimos en pagar las consecuencias de sus propios excesos. Ahora mirad la primera gráfica de la derecha, que debéis estudiar con mucha atención, porque es la base de todo lo que os revelaré a continuación. En ella veréis tres curvas: la de producción energética mundial, la de población y la de su cociente, e. Observad la caída a partir de 2010 en producción energética y entenderéis la supuesta crisis “financiera” monumental que nos asuela actualmente. Y esto no ha hecho más que empezar, como le dijo el marinero con seis meses de abstinencia, y  la polla dura aún como el cuello de un cantaor, a la puta después del cuarto polvo. Lo que sigue es una clase de crisis jamás vista en el mundo, porque, por primera vez, lo que sobra —siempre para el actual sistema económico mundial, el capitalismo; es decir, si no pactamos otra gráfica— es la tercera parte de la gente. Y sobra porque, sin capacidad ni tiempo para cambiar de modelo energético-productivo, ni de hábitos sociales (¿os imagináis sin vuestro móvil, sin coche, sin pisito, sin Internet, sin vacaciones en Timbuctú?), si no desaparece ese tercio rápidamente, los que van a palmar son dos tercios por desabastecimiento de alimentos y combustibles, por ruina de la industria y por la práctica obsolescencia energética de la tecnología vigente. Porque, efectivamente, EEUU, ese Gran Hermano que nos quiere como a primos, hará todo lo que sea necesario para sostener sustancialmente su “e” de 60 barriles per cápita —aparte de que siga aumentando la producción y el consumo de carbón en sus centrales térmicas, con su contaminación ambiental (¿a quién coño le importa un poco de humo, si la alternativa es no comer?); porque la construcción de centrales nucleares no es ni será nunca rentable, pues consume mucha más energía en su construcción y puesta en marcha, en el refino de materiales radiactivos, de la que se recupera en los siguientes 20 años de actividad: mala inversión para quienes están apurados, con mucha prisa, en las últimas, porque se les acaba el crudo hasta para el mechero—. Así que todo el sostén del tren de vida americano será a costa de un descenso poblacional planetario delirante y de la apropiación de los recursos energéticos de los ausentes. No hay más, y al que no le guste, que no mire. Otra salida, sin cambiar drásticamente el sistema capitalista, sería una quimera: ¿Cómo pretender que los norteamericanos se conciencien por la puta cara de que son unos parásitos del resto de la Humanidad, de que deben reducir su consumo energético a la media mundial? Imposible, entre otras cosas, porque los cambios de modelo, como todas las costumbres arraigadas en la sociedad, tienen una inercia imparable. Sólo una guerra monstruosa con millones de bajas cambia los hábitos de manera rápida, en tres o cuatro años (como les pasó a los alemanes y a los japoneses, tras la II Guerra Mundial). Pero tal modelo de guerra no es hoy día posible, porque (como ya os he razonado reiteradamente) a la guerra van los jóvenes; y aquí, en Occidente, no nos sobran los jóvenes. Los que sobramos de verdad somos los viejos. Pero los viejos no vamos a la guerra, sino que estamos felizmente jubilados, y pretendemos que nos paguéis el ocio durante los próximos treinta años, mientras viajamos y vemos mundo; o caemos enfermos, y encima exigimos que nos cambiéis los pañales cagados un par de veces al día.

En las curvas que os he puesto, más puntuales que la regla de las Walkirias, queda patente que, en los próximos 20 años, la población habrá de volver a ser la de 1980. Es decir, que de 6.800 millones de humanos que pululamos por el planeta, hemos de pasar a ser 4.400. No importa cómo, si a través de guerras, hambrunas, enfermedades o abducciones de extraterrestres, tienen que desaparecer de la faz de la Tierra unos 2.400 millones de personas —120 millones de personas menos cada año, diferencial entre nacimientos y decesos, que la profesión del futuro es la de funerario—. Y como el Poder Global de la B’naï B’rith y sus acólitos —de la Trilateral, Bilderberg, los Skull and Bones y las mil sectas templarias-salomónicas— han decidido ya quiénes vamos a ser esos seres humanos (los que ellos consideran precisamente no humanos, sino borregos pascuales sacrificables a Jehová), la agenda de acontecimientos venideros será, con menos margen de error que el de un reloj de cuco suizo, la siguiente:

En 2013, estallará una guerra, iniciada por Israel —que plantará un hongo radiactivo sobre Teherán—, entre Occidente e Irán (nación ésta última que será apoyada por el resto de países musulmanes a piñón fijo). Morirán en ella, en los tres años siguientes, 200 millones de seres humanos, entre víctimas directas de los bombardeos nucleares y víctimas inducidas por el hambre y el desabastecimiento. Gracias a esta guerra, EEUU mantendrá su tren de vida básico, si bien reducirá su consumo de 60 barriles de crudo per cápita a 45-50. El absoluto cierre de fronteras permitirá mantener a la población norteamericana, aún orgullosa de su patria por la cuenta que le trae, relativamente aislada de la realidad, arropada por los desinformativos de los media judíos, y bien abastecida de crudo expropiado a los vencidos. Como el resto del mundo sí que verá la evidente y desproporcionada masacre, el dólar caerá estrepitoso como meada de yegua; y el carbón alcanzará su pico de producción. El control de natalidad será un hecho incuestionado por todos, un asunto de comodidad y de mantenimiento del buen nivel de vida. Será el fin —joder, por fin se han salido con la suya— de la escala cristiana de valores y de la adopción de la escala “humanista-socialista”, con su obamática cobertura médica universal (a instancias de los laboratorios farmacéuticos que financiaron el encumbramiento del presidente de USA y que, a causa de esta perruna crisis, no venden ni una aspirina desde hace tiempo, porque nadie aparenta mayor salud que el pobre solemne, que no puede permitirse tirar su poco dinero en pastillas, sino que lo gastará en pan y en vino; y, si acaso le sobra, en algún chumino), cobertura farmacológica que permitirá a los opulentos cofrades de la sinagoga envenenar, o infectar, a quien se les antoje, cuando les salga de sus descapulladas pollas. Pero tendrán que darse prisa matando gente, porque llevarán para entonces mucho,

mucho retraso en la implementación de su solución final.

En 2016 (no antes, pues la fallida infección terrorista de los laboratorios Baxter de 2009, contaminando 75.000 vacunas de gripe estacional con gripe aviar, fue descubierta, y sería un gran riesgo para los genocidas repetirla antes de que la amnésica basca pase de ella), una gripe sintética de letales efectos respiratorios exterminará a 40 millones de ancianos y enfermos occidentales (los que de verdad tocan los ovales al sistema), a 10 millones de niños —a ver si las lunáticas chocholocos dejan de parir de una puta vez—, y a 350 millones de personas médicamente desamparadas o desnutridas del resto del mundo, refugiados la mayor parte. EEUU mantendra su tren de vida tranquilos como pollos de sal, igual que —en menor medida— Europa y el resto de Occidente. Se hablará de establecer un Gobierno Mundial que pare la guerra y resuelva la alarma médica, y de una moneda única como salida a las sucesivas crisis políticas y económicas. La gripe se repetirá, con oportunas y malignas variantes, los cinco años siguientes, si bien cada vez con menor mortandad —que a todo se acostumbra uno y que la gente empezará a relacionar las vacunas con la enfermedad—, pero aniquilará a otros 400 millones de seres. EEUU bajará su consumo de crudo a los 40 barriles per cápita en honor de todos sus jubilados muertos. Todo un gesto. China exterminará, a su vez, mediante alguna enfermedad respiratoria, un SARS galopante, a otros 500 millones de seres, entre sus propios súbditos y los indios, porque sobran a espuertas, que, calientes siempre como palos de churrero, no dejan de follar ni durante las monumentales riadas que los ahogan por millares. El Gobierno Mundial será una amenazante promesa inminente.

A partir de 2020, la guerra por los recursos energéticos será franca y abierta. ¿A qué fingir más? Todos los países productores de petróleo, incluída Venezuela, serán invadidos por el tándem USA-OTAN. Ni un barril será exportado a países no colaboradores de Occidente. África será un cementerio, mientras Rusia habrá permanecido todos estos años impasible como un ojo de vidrio ante el expolio occidental, sosteniéndose de sus propias fuentes energéticas aparentemente inagotables; esperando la ocasión para afianzarse como líder mundial, con todos sus misiles apuntando a Europa y USA, armándose hasta los dientes; y enterrando a sus muertos por tanta enfermedad contagiosa, con un mosqueo como el de una mierda reciente en un muladar. EEUU se descompondrá probablemente en dos bloques, cada uno con un área más rica, especuladora, bonvivant y cosmopolita (ambas costas) y otra campesina (una dividida zona interior, continental, un granero, vamos). La muerte ya indisimulable de 900 millones de seres en esos diez años, por más que sea obviada por todos los informativos del mundo, hará que buena parte de la población reaccione con violencia, pero será masacrada y calificada como terrorista, y se le imputarán guerrillas, atentados e infecciones intencionadas de aguas y alimentos. Y el Gobierno Mundial de Salvación será un hecho, igual que la moneda única. Todo ello no significará que los decesos no continúen, porque seguirá sobrando muchísima gente aún. Pero ya hablaremos, si aun vivimos, que no lo creo. Porque para entonces, Occidente, sus ciudadanos, habran sido víctimas (como los que más) del satrapismo de las clases dirigentes, crueles, duras y dictatoriales como prensas hidráulicas. La democracia será el simple recuerdo, un cuento para niños, de una edad dorada de abundancia y plenitud, irrecuperable para siempre, como una Arcadia.

Claro que, para todo esta inminente crisis humanitaria, para este sindiós, hay otra solución. Pero como en España no quedan gónadas para implementarla, que andáis de ellas más escasos que una comparsa de transexuales, ni energía, ni dignidad, ni ganas de esforzaros; como preferís dejaros morir en algún rincón, comiendo basura y meneándoosla, en vez de luchar, no vale la pena hablar de ella… Es la solución en la que insistiré hasta que me corten el abrigo de madera —perro porfiado saca mendrugo— mientras medito, ayuno y espero(3): recuperar la verdadera democracia, establecer un régimen basado en la municipalidad ancestral, la explotación comunal de tierras y fábricas, la equitativa distribución de los alimentos, la explotación de la proximidad y la coordinación de todos estos municipios mediante unos diputados electos que nos representen en un estado soberano con independencia de poderes, para nuestra defensa común. Y constituir una gran nación de guerrilleros irreductibles, capaces de dar su vida por sus familias, por sus compatriotas, de aplicar una dura Ley de Hierro a quien haga falta; y que, al llegar al final de la senda del Infierno, deshechos por la metralla, se planten ante el mismo Diablo, y le espeten: “¿Tú sabes por qué estoy yo aquí? ¡Porque fusilé a la propia Muerte a quemarropa!”(4)

MALDITO HIJO DE PERRA

(1) Se denomina índice de fertilidad al promedio de hijas que pare la mujer a lo largo de su vida. En España, actualmente, es de 0,6, lo que significa que la población tiende a encogerse de manera brutal.

(2) En 2007 estallaron tres crisis simultáneamente: la financiera, con la acumulación de dinero creado más grande de la historia; la de la energía y la del envejecimiento poblacional insostenible, pues el número de jubilados anuales superaba el de nuevos trabajadores.

(3) Decir de Siddharta, de Hermann Hesse.

(4) Jorge Luis Borges.

GRÁFICAS PARA GENTE LÚCIDA Y BIEN EDUCADA:

¿Imagináis el tiempo que tomaría mudarse a las energías alternativas ahora mismo, dependiendo como depende el 85% de la energía consumida por el mundo de los combustibles fósiles?

La recta que une USA con España pasa también por el origen. Lo que quiere decir que somos igual de manirrotos que ellos, que despilfarramos como premiados en la lotería. Ambos lejos de Japón, el paradigma (casi único) a seguir. Pero es que los japoneses son conceptuales, educados y estoicos. Así que consumen sólo 6 kW/ persona, mientras que EEUU derrocha 11,4.

NOTAS: MHDP

La TRE

Fuente: The Oil Crash

Como saben, uno de los conceptos clave para comprender la gravedad de la crisis energética es el de la Tasa de Retorno Energético (TRE; en inglés EROEI, que corresponde a Energy Return on Energy Investmen). La TRE, lo hemos dicho muchas veces, es la relación entre la energía que nos proporciona una fuente y la energía que tenemos que gastar para conseguirla. Así, el petróleo convencional tiene hoy en día una TRE de 20, lo que significa que por cada unidad de energía destinada a la producción de petróleo (en la elaboración de los materiales usados en los pozos, su instalación, la perforación, la operación, el mantenimiento, etc) se consiguen otras 20 unidades de energía. Para corregir algunos errores que he visto comúnmente entre los comentaristas, quiero recalcar que la TRE es un cociente, no una diferencia: es el factor de amplificación correspondiente a la fuente de energía en estudio. El valor crítico de la TRE es 1: cuando la TRE llega a la unidad, se recupera tanta energía como la que se invierte y el sistema deja de tener sentido como fuente de energía. Sin embargo, determinados sistemas de producción que se usan tienen TREs por debajo de 1; se trata entonces de vectores especializados de energía o portadores, pero no de fuentes de energía. Éste sería el caso del hidrógeno o la electricidad, que se usan para el almacenamiento o la operación de determinados aparatos, pero que en su producción se consume más energía que la que luego retornarán (por ejemplo, en la generación eléctrica a partir de centrales térmicas o nucleares se pierde el 65% de la energía, y en la producción de hidrógeno por la electrólisis del agua alrededor del 50%). Por otra parte, la TRE, por definición, es siempre positiva (no hablen de TREs negativas, que eso no significa nada).

Charles Hall es un profesor de la Universidad de Syracuse, en Nueva York, y es una eminencia mundial en el cálculo de TREs. Es muy famoso el siguiente diagrama hecho por él, en el que se expresan TREs en la vertical y volumen de energía generado en la horizontal, para las diversas fuentes de energía operadas en los EE.UU.:

Gráfica sacada de un interesante artículo en Scitizen: http://scitizen.com/future-energies/charlie-hall-s-balloon-graph_a-14-1305.html
Como ven, en el caso del petróleo (el más estudiado) la TRE ha caído de 100 a principios del siglo XX a poco menos de 20 en la actualidad. Este proceso constatado de caída de la TRE está relacionada con la degradación de calidad de los yacimientos explotados, que a pesar de las sucesivas mejoras en las técnicas de explotación acaba pesando más y obliga a gastar más energía por unidad producida. El problema de la caída de la TRE es muy grave, porque puede abocarnos a una situación más complicada de lo que la mera observación de la curva de producción nos podría indicar (como ya analizamos en un post anterior). Se ha de destacar además que algunos estudios antropológicos indican que una sociedad funcional ha de tener una TRE mínima, cifrada entre 5 y 10, por debajo de la cual algunas necesidades (cuidado de niños y mayores, construcción y mantenimiento de infraestructuras, etc) dejan de poder atenderse porque una fracción cada vez mayor del esfuerzo se dedica a la mera producción de energía. Si la sociedad se va adaptando mal a los cambios que le comporta la disminución de la TRE y se empeña en mantener actividades que no pueden sufragarse el riesgo de colapso es elevado. Sin embargo, la cuestión de la TRE es raramente analizada por los autodenominados expertos institucionales, que suelen despreciarla cuando no la ignoran en absoluto.

Hay, sin embargo, otro grupo de expertos que sí que reconocen la importancia de la TRE pero que tienen una actitud tecnooptimista y suelen argumentar que los que alertamos sobre el rápido declive de la energía neta tenemos un punto de vista excesivamente pesimista ya que tendemos a considerar la TRE como algo estático mientras que en realidad la TRE evoluciona con el tiempo y con la introducción de mejoras tecnológicas se gana en eficiencia y por tanto la TRE sube, o puede subir en el momento en que estas mejoras se implementen a escala masiva. Durante mucho tiempo mi posición ha sido la de no negar ese posible efecto benéfico pero centrarme en lo que observábamos, y sobre todo alertar sobre los peligros potenciales. Pero con el tiempo he ido madurando mis ideas al respecto, y la conversación con Pedro Prieto y Juan Carlos Barba del otro día me ha llevado a poner en claro mis ideas, y después de reflexionar sobre ello mi conclusión es la absolutamente contraria. A exponer mis conclusiones dedicaré el post de hoy.

La posibilidad de que la tecnología lleve a una mejora de la TRE es, a mi modo de ver, una hipótesis errónea en la tesitura que nos encontramos por dos motivos, a saber: el déficit de capacidad de desarrollo tecnológico y que nuestra tecnología no ha buscado nunca optimizar la TRE.

Respecto a mi primer argumento,  tendemos a suponer que el progreso tecnológico seguirá el mismo rápido desarrollo de los tiempos recientes, que son los que nos han tocado vivir. Y aunque por supuesto que no conocemos todo el potencial de desarrollo de la tecnología futura, lo que sí que es cierto es que la explosión inventiva ha sido propiciada por el acceso a la energía abundante y barata, y a un derivado de ella, la buena financiación. Sin embargo, en este momento laboratorios de todo el mundo, desde EE.UU. hasta China pasando por Europa están reduciendo sus presupuestos debido a la necesidad, sobre todo en Occidente, de destinar capital a otras necesidades más perentorias; y no deja de ser paradójico que se nos pida a los científicos que acometamos los retos más difíciles cuando al tiempo se nos están retirando los recursos para investigar (conste que no me quejo: seguramente el tiempo de investigar alternativas energéticas a gran escala ya pasó y es tiempo de hacer inventario). Pero por ello mismo mi impresión es que los avances tecnológicos, los verdaderos (no la publicitación obsesiva que se hace en los medios de la penúltima nadería) van a ser más difíciles de conseguir en adelante, en parte porque es difícil avanzar cuando ya hemos progresado mucho y en parte por la escasez de recursos.

Respecto al segundo, y más poderoso, de mis argumentos, mi observación es que nuestras tecnologías de extracción de materias primas no renovables no han buscado nunca en realidad la optimización de la TRE, y que el tipo de tecnologías que hemos desarrollado no sólo no nos dará pistas de como mejorarla, sino que nos ha alejado de ese objetivo. Pensémoslo un segundo. ¿Qué es lo que se ha pretendido con la explotación de los materias primas energéticas? ¿Aumentar la TRE? No. Lo que se ha pretendido es aumentar la producción, es decir, la cantidad de energía neta producida por unidad de tiempo. El problema es quenuestro sistema económico, como ya hemos discutido, necesita crecimiento sin fin, y encima a un ritmo muy rápido. Con la gran potencia mecánica que nos han proporcionado los combustibles fósiles hemos tendido a hacer las cosas de manera más masiva y brutal, aún a costa de sacrificar la eficiencia relativa. Es decir, nuestros medios de extracción han tendido a desperdiciar una mayor fracción de energía, primando la rapidez con la que se extrae el recurso sobre la eficacia en su extracción; si el volumen total de energía producida crecía suficientemente rápido el perder una fracción mayor en producirla, es decir, reducir la TRE, no tiene ninguna importancia. Hasta que se llega al cenit de producción del recurso, claro está.

Veamos ahora algunos ejemplos de cómo se ha optado más por la fuerza bruta que por la mejora de la eficiencia en la extracción. En EE.UU. y en otros países existe una fuerte campaña en contra de la extracción mineral, particularmente de carbón, por desmontado de montañas (top removal). Como indica su nombre, esta técnica se base en el despiece de una montaña desde su cima, a base de dinamita y excavadora. El énfasis, como ya hemos dicho, se ponen en mantener un elevado nivel de producción, aunque es evidente que machacarlo todo, con gran consumo de energía, no es la manera más eficiente de extraer carbón. Aparte de la baja TRE, este tipo de explotación trae consigo una serie de externalidades bastante adversas (degradación del suelo y del hábitat, contaminación, etc). Para que se hagan una idea vean la siguiente imagen:

La extracción del gas no convencional es otro ejemplo de baja eficiencia extractiva, a pesar de ser lo más puntero en la industria hoy en día y que ha permitido dar alas a la industria creando una burbuja que está a punto de explotar con grave daño económico (léanse el post “¿Un mar de gas natural?“, sobre todo los que creen en una nueva supremacía gasística en Argentina y ahora en España). Mediante la técnica conocida como fractura hidráulica (hydrofrac) se inyecta agua a presión para fracturar las láminas de pizarra en el subsuelo y así liberar las burbujitas de metano contenidas y extraer el gas. En el proceso se arruina el recurso (la pizarra una vez fracturada ya no se puede aprovechar, ni siquiera para extraer más gas), se contamina el acuífero y, en casos extremos, se produce ligera sismicidad por el deslizamiento de las placas de pizarra (como ha pasado en las recientes prospecciones en Blackpool, en el Reino Unido). De nuevo, es un método de fuerza bruta que obtiene su rendimiento de “tirar sobre todo lo que se mueve”.

Pero ahora nos encontramos en una encrucijada histórica. Las fuentes no renovables de energía, a pesar de los progresos hechos en su extracción, tienen producciones declinantes o a punto de declinar (recordemos: petróleo convencional desde 2005 y todos los líquidos a punto de declinar, si no lo está haciendo ya; gas a partir de 2025, antes incluso a escala regional; carbón posiblemente a partir de este año; y uranio en algún momento entre 2015 y 2035, aunque los estudios más recientes apuntan más hacia la parte baja de esa horquilla). Y el tipo de tecnología que hemos desarrollado para la explotación de los recursos no nos permite aumentar la TRE si no es a costa de disminuir la producción total. Es decir, que hagámoslo como lo hagamos la energía neta tiende a disminuir. Necesitaríamos ser capaces de desarrollar sistemas inteligentes capaces de arrancar los filones dispersos de una mina y seleccionar prácticamente grano a grano lo que es aprovechable y lo que no. Lo malo es que no tenemos esa capacidad tecnológica; los sistemas de reconocimiento de patrones en imagen más avanzados no permiten ni de lejos hacer esas tareas tan especializadas a gran velocidad y en entornos ruidosos y sucios como son las minas. Así que no parece que podamos mejorar la cantidad de energía neta yendo hacia adelante en el progreso tecnológico. Pero, ¿qué pasa si vamos hacia atrás? Fíjese el lector en qué necesitamos: un sistema inteligente, capaz de optimizar el consumo de energía siendo selectivo, adaptable a todo tipo de entornos… De hecho, ya tenemos ese sistema. Se llama ser humano.

No se escandalice el lector, porque ese retorno a los sistemas de explotación de minas del pasado hace tiempo que se está dando, y para mayor agravamiento con un considerable deterioro de las condiciones de vida de los mineros (puesto que la toma de medidas de seguridad también cuesta energía, lo cual se traduce en dinero, que es lo que el propietario de la mina mira). Y no estoy hablando de lugares remotos donde todos hemos oído que pasan todo tipo atrocidades (por ejemplo, las minas de coltan, oro y diamantes en Zaire). Pasaba por ejemplo en mi León natal hace ya casi dos décadas, cuando la cuenca minera se llenó de caboverdianos que venían a trabajar, en condiciones no siempre óptimas, en las minas de carbón; allí, las grandes explotaciones de otrora dieron paso con los años a pequeñas explotaciones casi familiares que explotaban filones marginales, arrancando el negro carbón casi con los dientes por sueldos que desde luego no eran los de otras épocas. Y estoy seguro que si los lectores tienen familia o amigos que trabajan o han trabajado en las minas de las diversas materias primas podrá constatar que en la mayoría de las regiones de este ancho planeta -casi todas salvo las que tienen la suerte de contar aún con filones ricos- las condiciones de vida en la mina, nunca muy gratas, se han ido degradando.

Con el uso masivo de seres humanos en las minas se puede mejorar sensiblemente la TRE manteniendo un nivel relativamente elevado de producción. Sin embargo, en muchos casos a pesar de la introducción de muchos humanos no se puede conseguir mantener la producción total al mismo nivel, y entonces el recurso para mantener la producción de energía neta es aumentar la TRE a base de disminuir el consumo energético de cada unidad humana. Es decir, reducir a los mineros a condiciones de práctica esclavitud.

Este problema, el de la explotación de seres humanos para mejorar la TRE de nuestras fuentes de energía, no afecta exclusivamente a las fuentes de energía no renovable. Nuestros sistemas de producción de energía renovable más avanzados requieren de materiales raros y exóticos – neodimio en el caso de los aerogeneradores de más altas prestaciones, telurio en el caso de las células fotovoltaicas más avanzadas – cuya explotación es de naturaleza no económica, como ya discutimos en su día en el post  “La guerra de las tierras raras“. Allá explicábamos que en este momento China ha llegado a controlar más del 97% de la producción y refinado de esas materias primas, elementos químicos mayoritariamente de número atómico elevado y que se encuentran en el planeta Tierra en forma dispersa y sólo pueden ser explotados como subproducto de la extracción de otro mineral principal, como el hierro o el aluminio. Aún así, estas tierras raras no resultan económicas con nuestras técnicas industriales occidentales, ya que con nuestros métodos de explotación serían excesivamente caras. ¿Por qué China ha conseguido producir ese 97% de tierras raras? Porque utiliza otros medios de explotación menos occidentales en su propio país y en las minas que explota en otros lugares, principalmente en África aunque también tiene algunas explotaciones importantes en Sudamérica y próximamente incluso en Canadá y los EE.UU. De las quejas de algunos mineros chilenos sabemos que los métodos chinos no se distinguen precisamente por su buen trato hacia sus trabajadores; pero es que la única manera de que tengan precios competitivos su aerogenerador, su placa fotovoltaica de última generación, su Toyota Prius tan poco contaminente, su iPhone, su iPad, etc es que algunas decenas de miles de personas sean esclavizadas y arriesguen su salud.

El problema de la tendencia a la esclavitud y sacrificio de seres humanos no es, por supuesto, privativo de las fuentes de energía que he mencionado, sino de todas ellas explotadas en un marco de sociedad industrial orientada al consumo masivo. Pondré un par de ejemplos más: hace años, cuando se construían los primeros pantanos que hubo en España se utilizaba una mano de obra masiva, en ocasiones forzados “prisioneros de guerra”, muchos de los cuales no volvieron nunca a casa (o a la prisión) por los frecuentes accidentes. En el caso de la energía nuclear, al principio del accidente de Fukushima acaecido en Japón en Marzo de este año se llamó a trabajadores de cierta edad, ya retirados, para trabajar en las primeras y más críticas horas, en un movimiento que recordó a los infortunados “liquidadores” de Chernóbil. En suma, cuando se atascan los engranajes del gigantismo de la sociedad industrial la grasa que los lubrica para ponerlos de nuevo en marcha está hecha de seres humanos machacados.

¿Pasará algo así en Occidente? Yo estoy persuadido de que sí, sobre todo después de ver lo que pasa con las minas de carbón en mi provincia natal. Cuando el hambre o la necesidad aprietan uno se ve obligado a hacer lo que sea. La cuestión al final es que podremos ganar TRE, sí, pero a qué precio: al precio de que cada vez menos personas se puedan beneficiar del acceso a la energía abundante y de calidad. Y entonces cabría preguntarse si este “progreso” merecía la pena.

Indignados energéticos

Peligrosa colisión entre realidad y deseos.

Fuente: Crisis energética

Creo que hay que celebrar que millones de personas se hayan levantado contra el orden establecido y empezado a exigir cambios del sistema. Es algo que no esperaba de esa forma y me alegra sobremanera.

Es verdaderamente relevante, que a pesar de la influencia de los medios controlados por el poder financiero, esa gran cantidad de gente en decenas de muy diversos países del mundo, se hayan manifestado pacíficamente exigiendo cambios que los mencionados medios no hubiesen jamás planteado. Esto significa que estos manifestantes son capaces de movilizarse, incluso con la información dominante y muy poderosa en contra, a pesar de que ahora dichos medios se ven obligados a conceder espacios a esta pacífica e incipiente revolución.

Hay signos muy positivos, entre otros, que la clase política empieza a ser dejada de lado, porque muchos de estos manifestantes ya se han dado cuenta de que esta clase está al servicio del poder financiero, simulando alternancias de falsa democracia (lo llaman democracia y no lo es, es uno de sus eslóganes).

Si bien en un principio, algunas marchas se dirigieron a los centros del supuesto poder político (Congreso de los Diputados, por ejemplo), lo importante es que ahora empiezan a dirigirse cada vez más hacia los verdaderos centros de poder: las bolsas donde los especuladores financieros juegan con los destinos del mundo, con la complicidad manifiesta de una clase política servil. Empiezan a dirigirse a instituciones financieras de carácter global dominadas por élites muy minoritarias y fuera de todo control verdaderamente democrático.

Empiezan a dirigirse a los bancos, que han sido los principales receptores de las gigantescas ayudas que la clase política, lacayos del poder financiero, ha colocado prioritariamente como receptores de gigantescas ayudas.

Todo esto resulta esperanzador, en un mundo que tiene visos de colapso funcional y sistémico, de generalizado fallo estructural.

Dado que los movimientos son incipientes, se les puede disculpar que muchas de las propuestas tengan carácter muy genérico y una voluntad de mejora muy clara, pero poco concreta y bastante superficial.

Por ello, creo que es esencial que tengamos una visión lo más concreta y medible posible. Si tenemos que darnos de bruces con la realidad de que hay que cambiar un modelo agotado, veamos cómo habría que hacerlo de la forma más general y elevada posible. Intentemos evitar creer que todo va a ser sencillo, y preparémonos para hacerlo aunque sea muy difícil y doloroso, sin por ello pensar que es imposible.

Por ello, creo que lo primero es analizar cómo está el mundo. Una visión muy completa en este sentido es la siguiente:

Si observamos detenidamente el mundo, veremos que existe una brutal desproporción en el reparto de la riqueza. Al analizar la distribución de energía por tipos, por persona en promedio y por regiones, vemos que sus consumos de energía se corresponden, de forma muy directa y proporcional con sus consumos de energía. El PIB y el consumo de energía están muy directamente relacionados.

Se observan varios aspectos que hay que considerar seriamente y poner sobre la mesa:

a) En primer lugar, que le mundo se rige por el injusto principio de Pareto, por el que el 80% de la Humanidad tiene que vivir con el 20% de los recursos del planeta, mientras el otro 20% de la Humanidad, que es fundamentalmente Occidente y los principales países de la OCDE, se está apropiando del 80% de los recursos planetarios, comenzando por la energía, que es el elemento esencial, junto con el poder económico y militar que sostiene este injusto sistema.

b) Que los prácticamente 7.000 millones de personas que poblamos el planeta tenemos un consumo promedio (la línea negra) que es unas 25 veces superior al consumo metabólico (la línea blanca) que exige una persona como mono desnudo. Esto no quiere decir que se esté proponiendo que se vuelva a la época de las cavernas. Simplemente constata el nivel de desarrollo y la enorme capacidad de transformación de la Naturaleza de nuestra sociedad contemporánea.

Las consecuencias que se pueden extraer de esta onerosa pero bastante indiscutible realidad, es que son el resultado de unos flujos impuestos de los ricos a los pobres, que producen estas desigualdades tremendas: los principales flujos energéticos y los principales flujos de materias primas resultan ir de los países pobres de este reparto desigual hacia los países ricos.

Paradójicamente, son los países pobres, los que entregan sus riquezas naturales, los que al final de un sistema injusto de distribución e intercambio desigual de la riqueza, determinan que sean estos países pobres lo que encima deben dinero a los ricos y se ven obligados a estar pagando deudas eternas, que ya empiezan a mostrarse impagables, incluso en algunos lugares periféricos de la parte supuestamente rica de esta sociedad mundial.

Una respuesta obvia de este intolerable sistema de intercambio desigual y desfavorecedor, es que como consecuencia de esta pobreza enfrentada a la riqueza, los grandes flujos humanos de las migraciones modernas, también se den desde las zonas de los desfavorecidos del mundo hacia las zonas con exceso de recursos.

El cinismo de los enriquecidos es de tal magnitud que llega a culpar a los pobres del flujo humano, pero no se pregunta nunca por el flujo de riqueza, tanto en productos energéticos como en materias primas y flujos financieros. A este respecto, la llamada Europa-Fortaleza y los Estados Unidos tienen mareas crecientes de opinión ciudadana que aplauden a políticos facinerosos y exigen que pongan en vigor leyes que eviten el último flujo migratorio, el humano, pero nunca cuestionan la injusticia flagrante del intercambio desigual de los demás flujos. Es más, incluso llegan a convencerse de que los países del Tercer Mundo (los pobres) “nunca pagan lo que deben” o que “hay que estar condonándoles las deudas” o que “siempre estamos ayudándolos”

Así las cosas, a un verdadero nivel mundial, conviene preguntarse hacia dónde ir y cómo mejorar las cosas, con algo más de detalle y fundamento del que implican muchas de las pancartas bienintencionadas de los indignados del mundo.

Pues bien, en el gráfico anterior se puede apreciar que el mundo, en su conjunto, ha sobrepasado largamente su capacidad de carga. Lo ha hecho en un 40% y el crece el desbordamiento en la capacidad de transformar y agotar los recursos del planeta Tierra.

Obviamente, de este desaguisado son responsables directos y evidentes los que más consumen y los que más energía queman para producir bienes y disfrutar de servicios, aunque de nuevo, aquí hay medios y movimientos occidentales, sobre todo afines al gran poder económico y financiero, que se las ingenian muy bien para intentar también echar la culpa de ser los más contaminantes a los más pobres.

Sin embargo, si se traza, por ejemplo, una curva de las emisiones de CO2 (uno de los subproductos de la actividad humana que ahora más preocupa a los científicos) por regiones y per capita, la curva resultante muestra, sin lugar a dudas, una identidad con la curva del PIB por esas mismas regiones; esto es, que los que más consumen, más contaminan y más destrozan el planeta, como no podía ser de otra forma.

Intentar, por ejemplo, que el mundo ascendiese al nivel de vida y al modo de vida europeo, implicaría que habría que aumentar <b>matemáticamente hablando</b> el consumo de energía más de dos veces y consiguientemente, en la misma proporción, la producción de bienes y la prestación de servicios, lo que dejaría al planeta en una situación de quiebra ambiental segura en muy poco tiempo. Si es que ello fuese posible, que desde el punto de vista de la producción energética posible, que sería exigible para este milagro económico de europeización del mundo, no lo es.

El sentido común, además de las matemáticas elementales, en este caso irrefutables, no deberían ni plantearse la posibilidad de que el mundo entero accediese por tanto al nivel de vida norteamericano, al clásico “American Way of Life”. Se deja aquí constancia física del esfuerzo a realizar para conseguir esta utopía: habría que conseguir multiplicar la producción de energía mundial entre cuatro y cinco veces, para que todos pudiéramos ser como los norteamericanos. Y el planeta estaría con una capacidad de carga sobrepasada entre 5 y 8 veces. Es decir, necesitaríamos todos esos mundos en nuestro mundo para llegar a ese nivel.

Por tanto, lo que resulta evidente de este gráfico, es que si se ha de producir una nivelación de la riqueza mundial, por mucho que le pese a los que todavía creen en más crecimiento y más actividad económica como salida a este desastre planetario, tiene que ser hacia abajo, no hacia arriba, porque esto último, aumentaría y aceleraría la degradación y el agotamiento creciente de los recursos base del planeta y no existe civilización que pueda sobrevivir al agotamiento de los recursos de los que vive.

¿Y cuánto habría que bajar, entonces, en los niveles de vida actuales, primero para llegar a tener un planeta mínimamente sostenible y más justo que hasta ahora?

habría varias respuestas matemáticamente correctas. Para alcanzar un planeta sostenible, según la calculada capacidad de carga o huella ecológica de nuestra sociedad mundial, habría que reducir la actividad económica y el consumo de energía en un 40 ó 50%.

Y esto, lógicamente, se puede hacer, por un lado, pensando en que todos bajen un 50% desde sus niveles actuales.

Pero parece más justo y razonable, desde un punto de vista humano, que los que más tienen, más reduzcan sus niveles. Eso implicaría que los occidentales tendrían que reducir, muy en primer lugar, sus niveles actuales entre un 60 y un 90% desde el nivel promedio actual de sus respectivas sociedades. Algo que está fuera de la conciencia, de las intenciones y de la voluntad de la inmensa mayoría de los ciudadanos occidentales, incluso de los uqe se muestran indignados con la situación actual.

Esto permitiría a una gran masa de población humana poder subir ligeramente sus actuales niveles de consumo, que es una forma de bienestar, aunque no todo, para salir, al menos, de las hambrunas, de las muertes prematuras y de las enfermedades perfectamente evitables o para escolarizar y alfabetizar a muchos cientos de millones.

Obsérvese lo trágico de este análisis: muestra, en toda la crudeza matemática posible, que la desigualdad mundial actual no es algo que se resuelva con la cesión del 0,7% del PIB de los países ricos, como se pide desde alguna ONG. No es ni siquiera la cesión de un 7% la que lo arreglaría. Es que sería del orden del 70% lo que los países ricos del planeta deberían ceder a los pobres del mundo.

Esto implicaría, en realidad, que los ricos dejasen de explotar como hasta ahora han venido haciendo de forma secular, a los pobres del mundo con sus perfeccionados engaños de intercambios desiguales, apoyados por la fuerza negociadora (que no excluye la presión o acción militar cuando se considera necesaria) basada en acuerdos comerciales indecentes y vejatorios para las partes humildes.

Muchos de los lectores, sobre todo viviendo en Occidente o en los países ricos de la OCDE y perteneciendo a una cierta clase media, llegados a este punto, pueden sentir un cierto desasosiego, al verse, de alguna forma, culpables de esta gigantesca trampa en que están metidos varios miles de millones de desposeídos del mundo.

Porque hasta ahora posiblemente pensaban que si los ricos (unos ciertos ricos o unos ciertos poderes financieros o políticos a su servicio) distribuían sus riquezas nominales, ello sería más que suficiente para arreglar los problemas de este mundo. Esto se podría ver de la siguiente forma:

En cada región del mundo y no sólo en los países desarrollados occidentales, existen minorías o élites que disponen de niveles de vida y acumulación indecente de recursos. Es decir lo mismo que en el mundo entero se da el principio de Pareto de una distribución desigual de la riqueza (el famoso 80/20 y 20/80), en cada región se produce algo similar.

Y los poderosos de cada región, cuando se ven de forma desagregada en cada una de ellas bajan todavía más el nivel de los bajos con sus elevadísimos niveles de consumo y de vida; con sus acumulaciones tremendas de capital dinerario y financiero. En el gráfico anterior, esto se dibuja de una forma teórica con colores más claros que rebajan el nivel de cada país o región, por culpa de las minorías de cada país que viven en la estratosfera. Por supuesto hay mundos intermedios de grises que harían el principio de Pareto algo más escalonado, si se incluyen las clases medias, existentes sobre todo en los países cuyos excedentes nacionales han permitido no sólo que las élites sigan en la estratosfera, sino que grandes masas de población hayan podido acceder a lo que se ha venido en denominar “el Estado del Bienestar”

Si bien es cierto que en los países desarrollados suele haber menor diferencia entre clases y un menor número porcentual de desposeídos o excluidos, lo cierto es que el mundo se asemejaría más a estas agujas lacerantes de minorías llenas de poder acumulado y grandes masas cifradas fácilmente en miles de millones, que quedan por debajo de los umbrales de lo mínimo humanamente digno.

Es evidente que los que postulan o postulamos que lo primero es desposeer a esas élites muy minoritarias (pero de hecho las que controlan el poder económico y militar) de ciertas riquezas acumuladas, tan insultantes e indecentes, saben que ello contribuiría a la mejora de las condiciones de vida de muchos millones de personas. De eso no cabe duda alguna; en algo contribuirían a aliviar o paliar el problema de los desheredados del mundo. Pero la triste realidad es que no es solo eso.

En los círculos de los indignados y de las personas con conciencia social, se sabe que pocas de las primeras fortunas del mundo acumulan más capital que el PIB de muchos de los países de la cola de los parias de la Tierra, que en estos gráficos aparecen a la izquierda.

La importancia de descabezar a estas privilegiadas élites radica en que con ellas se eliminaría de forma verdaderamente eficaz el problema que ellos mismos han creado obviamente con estas desigualdades. Por ello no es desdeñable exigir comenzar por este punto. Pero… hay aún algún que otro pero.

En primer y más importante lugar, el que la indecente riqueza que estos crápulas acumulan es más bien de tipo nominal o contable, más que física. Esto conviene explicarlo. En un mundo en el que el dinero se ha multiplicado mucho más rápidamente que los bienes físicos o los servicios realmente medibles que el dinero puede comprar, hay una conciencia clara de que si hubiese que repartir el dinero que nominalmente existe en manos de estas élites entre las grandes masas de población marginal, excluida y desheredada, con la supuesta sana intención de convertir ese capital especulativo en capital productivo, no habría mundo físico para responder al papel de ficción que estas élites acumulan.

Es decir, sus inmensas riquezas son obvias desde el punto de vista físico o material, pero desde el punto de vista financiero o dinerario, que es el que los contabiliza, son muchísimo más grandes; son tan estratosféricas como imposibles de materializar en algo tangible que alivie el sufrimiento humano en la medida que indican los billetes de banco o títulos que los papeles indican.

Hasta ahora, lo más sencillo, intuitivo o inmediato, es culpar a políticos, banqueros y financieros del desastroso estado de cosas de este mundo. Y los gráficos mostrados hasta ahora, lo que evidencian es una suerte de complicidad de los ciudadanos de Occidente. Sin duda, no les falta razón, porque son los que han dirigido el mundo hacia ese abismo, pero seguramente no es esa toda la razón.

Pero en segundo lugar y si las matemáticas no mienten, incluso en el supuesto de despojar a todas las élites, que conforman las onerosas agujas de consumo del último gráfico, de sus inmensas riquezas, el mundo todavía tendría que hacer un fuerte ejercicio de despojar a grandes masas burguesas (clases medias) de los países desarrollados de la derecha de los gráficos de una gran parte de sus niveles de consumo.

Y ahí es donde parece muy perdida, sea intencionalmente o no, la gran marea de “indignados” occidentales, que se pasean exigiendo a sus líderes nacionales que no destruyan su “Estado del Bienestar”, cuando es evidente que una buena parte de esos Estados del Bienestar se han construido con la sangre, el sudor y las lágrimas de los pobres del mundo, de los más.

Esta es la dolorosa reflexión final: que no basta con despojar a las élites de sus privilegios y no solo en una nación, sino en todo el mundo (lo que ya entra casi en el terreno de la utopía, dado que esas minorías son las que controlan el poder policial y militar, además del económico, para estrangular actividades con carácter masivo y a voluntad, dada la enorme dependencia de los mercados de los flujos monetarios que manejan en exclusiva), si lo ven necesario o preciso para mantener sus privilegios.

Es que incluso aunque se lograse esto, la tarea quedaría inconclusa: cambiar el sistema implica mayor justicia para los proletarios que creíamos ya no existían y siguen siendo la inmensa mayoría de muertos vivientes de este planeta. Implica que muchos de los ciudadanos de los países y regiones de la derecha, tendrían que despojarse de muchas de sus riquezas, hábitos y costumbres de consumo. Tendrían que hacer un mundo verdaderamente nuevo.

Los indignados occidentales, que al contrario que muchos de los indignados del Norte de África y de muchas partes pobres del mundo, no luchan como ellos, por poder acceder a una barra de pan que no pueden comprar, a agua potable o a una aspirina o un médico o un colegio para aprender a escribir, sino por no caerse de un “Estado de Bienestar” que se construyó de mala manera.

Nos han construido una historia, desde hace décadas, incluso desde las izquierdas occidentales, que ese “Estado del Bienestar”, era la consecuencia de largos años de luchas obreras y sindicales contra los patronos. Pero eso ha resultado ser, a la vista de estos gráficos, una verdad muy a medias.

Gran parte de ese “bienestar”, que se ha orientado sobre todo como consumo envuelto en alienación, se ha generado en base a la enorme y creciente capacidad de nuestras élites occidentales de exprimir al resto del mundo y ceder en sus propios nichos parte de ese bienestar a sus clases medias.

El abandono lamentable del internacionalismo proletario marxista, que ahora empieza de nuevo a llamar a la puerta con carácter verdaderamente global, fue uno de los coadyuvantes principales de este desaguisado que los gráficos representan.

Creíamos estar venciendo a los patrones al llegar a las 40 horas semanales y demás beneficios sociales en las minorías de la derecha de los gráficos y resultó que las conseguíamos porque el patrón podía exprimir de forma salvaje, con la ayuda de las élites cómplices de los países de la izquierda, a cinco por cada uno que conseguía beneficios en el confortable occidente. Y las más de las veces, con las privilegiadas clases obreras y clases medias occidentales haciendo la vista gorda ante estos criminales intercambios desiguales, porque podían sentir el confort que proporciona, aunque fuese de forma indirecta e interpuesta, disfrutar de esclavos a los que explotaba “otro”.

Poco hicieron o hicimos las clases medias occidentales para exigir menos consumo y derroche en nuestras propias sociedades y más bienes esenciales para todos los desposeídos de este mundo. Ahora puede ser el tiempo de volver a entender el concepto de internacionalismo proletario.

Harían bien los indignados occidentales en ponerse estos gráficos como lectura de cabecera. Ayudaría en mucho para saber que no hay que pedir más, sino que pedir menos.

Para las élites y en muchos casos, para nosotros mismos.

La barrera de Hubbert

Fuente traducida: Crashoil

Fuente original: Cassandra´s Legacy

Cuando empecé a leer libros de astronomía, en los años 70, nadie sabía si existían planetas alrededor de otras estrellas, y la opinión más común es que eran muy raros. Por supuesto, esto contrastaba con la temática habitual de la ciencia ficción de aquella época, de la cual también era un ávido lector. La idea de que los sistemas planetarios eran comunes en la galaxia era mucho más fascinante que la idea “oficial” pero, en aquel tiempo, parecía pura fantasía. Pero resulta que la ciencia ficción tenía completamente la razón, al menos en este punto. Estamos descubriendo cientos de planetas orbitando alrededor de las estrellas y las últimas noticias son que una de cada tres estrellas de tipo solpodría tener un planeta como la Tierra en la zona habitable. ¡Fantástico!

Las medidas que nos indican la existencia de planetas extra-solares no pueden decirnos nada sobre civilizaciones extra-solares, otro tema típico de la ciencia ficción. Pero, si los planetas del tipo Tierra son frecuentes en la galaxia, entonces la vida orgánica basada en el carbono debería ser también frecuente. Y si la vida es habitual, la vida inteligente no debería ser tan rara. Y si la vida inteligente no es inhabitual, entonces deberían existir civilizaciones alienígenas ahí fuera. Con 100.000 millones de estrellas en nuestra galaxia, podríamos pensar que en este punto la ciencia ficción podría tener razón también. ¿Podría ser que la galaxia estuviera poblada con civilizaciones alienígenas?
Aquí, sin embargo, tenemos un problema bien conocido llamado la “Paradoja de Fermi”. Si todas esas civilizaciones existen, ¿no podrían desarrollar el viaje interestelar? Y, en ese caso, si hay tantas, ¿por qué no están aquí? Por supuesto, como todos sabemos la velocidad de la luz es una barrera infranqueable. Pero, incluso a velocidades menores que las de la luz, nada físico impide que una nave espacial pueda cruzar la galaxia de una punta a la otra en un millón de años o quizá en menos tiempo. Ya que nuestra galaxia tiene más de 10.000 millones de años de antigüedad, alienígenas inteligentes habrían tenido mucho tiempo para explorar y colonizar cada estrella de la galaxia, saltando de una en otra. Pero no vemos alienígenas por aquí y ésta es la paradoja. La consecuencia parece ser que somos los únicos seres conscientes de la galaxia, quizá de todo el universo. Así, volvemos a los viejos modelos del sistema solar que nos decían que somos excepcionales. Entonces era  porque nos decían que los planetas son raros, y ahora porque quizá las civilizaciones son raras. Pero, ¿por qué?
En este punto deberíamos echar un nuevo vistazo a algunas de las hipótesis implícitas en la paradoja de Fermi. La más básica es que existen civilizaciones inteligentes, por supuesto, pero hay otra que dice que las civilizaciones se mueven sobre una línea de expasión progresiva que las lleva hacia el control de cantidades cada vez mayores de energía. Si uno se para a pensar sobre eso, esta hipótesis es el típico resultado de la manera de pensar en los años 50, cuando la “era atómica” acababa de empezar y la gente veía como una cosa obvia que saltaríamos de una fuente de energía a otra. Abandonaríamos los combustibles fósiles para ir a la fisión nuclear. De aquí, nos iríamos a la energía de fusión nuclear, y de ahí a vete a saber qué. Esta progresión es fundamental para que la paradoja de Fermi tenga sentido: por supuesto que se necesita un montón de energía para embarcarse en una tarea tan titánica como la exploración y colonización interestelar. Una estimación de la mínima potencia requerida es de alrededor de 1000 teravatios (TW). Esa cifra es sólo una especulación, pero tiene cierta lógica. La potencia total consumida hoy en día en nuestro planeta es del orden de 15 TW, y lo máximo que podemos hacer es explorar los planetas de nuestro sistema, y eso sólo de manera bastante esporádica.
Así pues, la paradoja de Fermi requiere que cualquier civilización alienígena siga más o menos la misma ruta que se veía delante de nosotros en los años 50. Los extraterrestres empezarían con combustibles fósiles, y después de moverían a diversas formas de energía nuclear. Hasta cierto punto, no es un mal modelo. Es probable que los planetas extrasolares de tipo Tierra o super-Tierra tengan una tectónica de placas activa y, si desarrollan la vida, esto llevaría a la formación de combustibles fósiles como resultado de la sedimentación y enterramiento de materia orgánica. Por tanto, podríamos suponer que los alienígenas inteligentes procederían de acuerdo con principios económicos semejantes a los que gobiernan nuestro propio comportamiento, esto es, tenderían a usar los recursos con mayor contenido energético y por tanto usarían los combustibles fósiles como iniciadores de sus civilizaciones industriales.
Los combustibles fósiles, sin embargo, son una fuente de energía demasiado débil y demasiado contaminante para usarlos en el viaje interestelar. Un planeta extrasolar podría estar mejor provisto que el nuestro, pero eso no ayudaría gran cosa. Los límites de nuestros alienígenas serían los mismos que los nuestros: o el agotamiento de los recursos o la saturación de su atmósfera con gases de efecto invernadero (o quizá ambas cosas). Pero el límite  de los combustibles fósiles es más sutil que eso y está relacionado con el modelo de Hubbert que nos dice que el patrón de producción de energía de un recurso no renovable es altamente no lineal y sigue una curva con forma de campana.

El modelo se basa en el concepto de que la producción de energía depende de la cantidad de energía neta del recurso (medida por la Tasa de Retorno Energética, TRE). Cuanto más alta es la TRE más rápido se explota el recurso. Como los mejores recursos (aquéllos con más alta TRE) se explotan primero, la TRE decae con el tiempo y eventualmente afecta a nuestra capacidad para extraer más recursos. La producción alcanza un máximo, un pico, y luego decae. El resultado es la típica curva en forma de campana de Hubbert. Si, adicionalmente, el recurso explotado produce una contaminación significativa, el declive será habitualmente más rápido que el crecimiento, por lo que la curva será asimétrica y más abrupta por la derecha (esto es lo que yo he denominado el “efecto Séneca“). La curva es de aplicación general para todos los recursos no renovables, aunque se aplica habitualmente para los combustibles fósiles.

Tim O’Reilly fue probablemente el primero en hacer notar, en 2008, que la curva de Hubbert podría tener importancia para explicar la paradoja de Fermi. Debido a la no linealidad de la curva, independientemente de los recursos empleados, una civilización literalmente explotaría y después se hundiría, siendo capaz de mantener el más alto nivel de producción energética sólo durante un corto período de tiempo. Este fenómeno, al que podríamos llamar “la barrera de Hubbert”, podría ser muy general y hacer que las civilizaciones industriales de la galaxia sean de vida muy corta. El declive asociado con el agotamiento de los recursos y con la contaminación podrían llevar rápidamente una civilización a la edad de piedra, desde la cual no sería capaz nunca más de una tecnología sofisticada. Eso es una barrera especialmente difícil de remontar si se produce un comportamiento tipo Séneca (que quizá podríamos denominar “la barrera de Séneca”). En cualquier caso, este efecto limita fuertemente el tiempo de vida de una civilización.

Fíjense cómo de diferente es este modelo de la visión que se tenían en los años 50. En los años 50 creíamos en la expansión continua de la producción de energía, y saltar de una fuente a otra se veía como un proceso suave. Pero el modelo de Hubbert nos dice que pasar a una nueva fuente de energía es, al contrario, sobrepasar una barrera dramática, lance en el que el éxito no está ni mucho menos garantizado. Puede perfectamente que nosotros ya hayamos fracasado en nuestro intento de saltar al “siguiente nivel”, visto como la fisión nuclear. Con el declive de la energía fósil, puede ser ya demasiado tarde para reunir suficientes recursos para invertirlos en energía nuclear. Algunos alienígenas inteligente podrían hacerlo mejor que nosotros a la hora de reunir esos recursos, pero la barrera de Hubbert continuaría siendo un grave problema. Uno de los problemas con la energía nuclear es que crea un tipo particularmente desastroso de contaminación: la guerra nuclear. La posibilidad de que las civilizaciones alienígenas se destruyan habitualmente a sí mismas cuando entran en la era atómica es algo que Isaac Asimov propuso en su cuento de 1957 “The Gentle Vultures.” Pero, supongamos que no pasa. ¿Puede la energía de fisión nuclear producir suficiente energía como para viajar a la estrellas? Lo más probable es que no.

El uranio y el torio, elementos físiles, son bastante raros en el Universo. Por lo que sabemos, se acumulan en niveles que pueden proporcionar una buena TRE sólo en planetas de tipo Tierra con una tectónica de placas activa. En cuerpos como la Luna o los asteroides, el uranio se encuentra en cantidades extremadamente minúsculas, del orden de partes por mil millones, y eso hace la extracción del mismo una tarea imposible. Es bastante poco probable que un planeta alienígena rocoso pudiera tener mucho más uranio del que tenemos en el nuestro. Así pues, hagamos un cálculo rápido. Hoy en día la fisión nuclear genera una potencia de 0,3 TW en nuestro planeta. Dijimos que para expandirnos por nuestra galaxia necesitábamos una potencia del orden de 1.000 TW. Eso es un objetivo bastante distante para nosotros, teniendo en cuenta que, con los limitados recursos de uranio disponibles, no estamos ni siquiera seguros de poder mantener en marcha la flota actual de reactores nucleares durante los próximos años. Podríamos expandir esos recursos a los isótopos no fisionables del uranio y del torio si fuéramos capaces de desarrollar reactores regeneradores. En ese caso, una estimación optimista dice que los recursos de uranio mineral podrían durar durante “30.000 años al ritmo de consumo actual”. Puede ser, pero si tuviéramos que alcanzar los 1,000 TW nos quedaríamos sin uranio en 10 años. Este número nos da una estimación grosera del período de tiempo en el que una civilización podría mantener una potencia lo suficientemente grande como para permitirse viajes interestelares: décadas o quizá siglos, pero no mucho más. Una tal civilización podría en principio generar un gran pico de energía pero luego tendría que declinar rápidamente a cero por falta de recursos de combustible. Es, de nuevo, la barrera de Hubbert en acción.

Y así llegamos a la fusión nuclear, la gran esperanza blanca de la Era Atómica. La fusión puede usar isótopos de hidrógeno y el hidrógeno es el material más abundante del Universo. La idea que era común en los años 50 es que con la fusión tendríamos que tener una cantidad de energía tan grande que sería “demasiado barata como para cobrarla”, tan abundante que podríamos tener fines de semana en la luna para toda la familia. Bueno, parece que las cosas eran mucho más difíciles de lo que parecían. Tras algo más de 50 años de experimentación, nunca hemos sido capaces de lograr más energía de un proceso de fusión de la que habíamos usado para generarlo. Incluso las “bombas de fusión” (bombas H) son en realidad bombas de fisión mejoradas con fusión. Puede que haya algún truco que no somos capaces de identificar ahora mismo que nos permita conseguir que la energía de fusión funcione; o puede que simplemente seamos más tontos que la civilización galáctica promedio. Podríamos también defender el punto de vista, sin embargo, de que simplemente no hay manera de obtener energía de fusión con ganancia de energía fuera de las propias estrellas. Por supuesto, no podemos estar seguros, pero la paradoja de Fermi podría estar diciéndonos en realidad: “Mirad, la fusión nuclear controlada NO es posible”.

Por supuesto que hay otras posibilidades que una civilización puede usar para desarrollar fuentes de energía muy poderosas. Por ejemplo, fíjense en los agujeros negros. Si puedes controlar un pequeño agujero negro, arrojar cualquier cosa dentro de él generará un montón de energía que podría ser usada para el viaje interestelar. Los agujeros negros son muy difíciles de controlar y una civilización que use esta tecnología tendría el problema de contaminación definitivo: la creación de un agujero negro tan grande que engulliría todo lo que hubiera a su alrededor, incluyendo la civilización que lo creó. En cualquier caso, incluso los agujeros negros están sometidos a la barrera de Hubbert, puesto que a medida que vas tirando materia en ellos te vas quedando gradualmente sin ella. Una civilización basada en agujeros negros explotaría muy rápidamente y luego desaparecería, dejando detás de sí nada más que agujeros negros.

Estamos claramente entrando en el terreno de la especulación, pero la cuestión que quería resaltar con este post es que el mecanismo de Hubbert genera una esperanza de vida corta para cualquier civilización basada en recursos no renovables. También genera problemas dramáticos cuando se ha de pasar de un recurso a otro. Si éste es un comportamiento general para las civilizaciones, entonces podría explicar la paradoja de Fermi. Los seres conscientes pueden ser frecuentes en nuestra galaxia, pero su existencia como sociedades industriales puede ser extremadamente breve. Por lo tanto, no deberíamos sorprendernos de que no nos encontremos naves especiales alienígenas por aquí. Quizá tendremos la suerte de recibir una señal de radio de una de esas civilizaciones, pero eso será como divisar otro barco cruzando el océano. Hay multitud de barcos cruzando el océano, pero si tomamos un momento y lugar concreto es poco probable que se vea ninguno por ahí.

Al final, la fuente de energía disponible para una civilización planetaria se limita a la que puede obtener de su sol. Lo que puede ser mucho: en la Tierra la cantidad total de energía que llega del Sol es de unos 100,000 TW; lo que puede aún aumentarse usando instalaciones en el espacio. Con eso, podría perfectamente ser posible llegar a los 1,000 TW que dijimos que eran necesarios para el viaje interestelar. Pero hemos llegado a un concepto complemente diferente del que es la base de la paradoja de Fermi: la idea, típica en los años 50, de que una civilización siempre se expande. Una civilización basada en una fuente inamovible de energía, una estrella, puede pensar y comportarse de un modo completamente diferente. Puede concentrarse en la explotación de la estrella (éste es el concepto de la “esfera de Dyson”) más que en la exploración interestelar.

A medida que nos alejamos de las cosas que nos son familiares, nos encontramos en terreno desconocido. ¿Cómo se manifestaría una tal civilización de alta energía? ¿Qué es lo que hay en el Universo que podemos definir como “natural” como contrario a lo “artificial”? La única cosa que podemos decir es que las estrellas son unos dispositivos maravillosos: estables, potentes, fiables y de larga duración. Si no fueran naturales alguien debería haberlas inventado… Pero, por supuesto, son naturales… sí… creo que lo son….

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Miguel Schiaffino Tienda